¡BRINCA, BRINCA, CHAPULÍN!

La política también tiene memoria en los Pueblos del Rincón

En los Pueblos del Rincón tenemos de todo: sombreros, talleres, gente chambeadora, buenos negocios, tradiciones, motos ruidosas…

Y desde hace algunos años también tenemos una especie política que se ha reproducido bastante bien:

el chapulín/ la chapulina.

Ese personaje que un día jura lealtad eterna a un partido, defiende sus colores, presume sus ideales y hasta parece dispuesto a morir por ellos.

Hasta que no le dan la candidatura.

No le cumplen el acuerdo.

Lo sacan de la jugada.

O simplemente descubre que en otra casa hay una silla o sueldo más grande.

Entonces sucede el fenómeno:

brinca.

Cambia de color, cambia de discurso y, curiosamente, también cambia de opinión sobre sus antiguos compañeros.

¡Qué chulada de convicciones tan flexibles!

NO TODOS LOS CAMBIOS SON TRAICIÓN

Seamos justos.

Cambiar de partido no convierte automáticamente a alguien en traidor.

Una persona puede dejar una organización porque dejó de coincidir con ella. Puede cambiar de ideas. Puede encontrar otro proyecto que considere mejor.

Eso es perfectamente legítimo.

El problema comienza cuando la transformación ideológica llega exactamente después de perder una candidatura o un espacio de poder.

Porque entonces uno se pregunta:

¿cambió de principios o cambió de oportunidad?

Ahí está la diferencia.

EL PROBLEMA NO ES EL BRINCO, ES LO QUE HAY DETRÁS

En San Francisco del Rincón, Purísima y Manuel Doblado ya conocemos la película.

Ayer:

“Nuestro partido tiene el mejor proyecto”.

Hoy:

“Ese partido ya perdió el rumbo”.

Ayer:

“Hay que defender nuestros principios”.

Hoy:

“Los tiempos cambian y hay que evolucionar”.

Ayer, los de enfrente eran oportunistas.

Hoy, los mismos oportunistas resultan ser…

“liderazgos que vienen a fortalecer el proyecto”.

¡Ah, caray!

Parece que la ideología también funciona con cambio de propietario.

Y LOS PARTIDOS TAMBIÉN PONEN SU PARTE

Aquí tampoco hay que cargarle todo al chapulín.

Porque para brincar hace falta una rama.

Y los partidos tienen muchas disponibles.

Cuando alguien abandona sus filas:

“¡Traición!”

Cuando llega a las propias:

“¡Bienvenido este liderazgo!”

Si se va:

“Nunca representó nuestros valores”.

Si llega:

“Su experiencia será fundamental”.

La misma persona.

La misma trayectoria.

La misma historia.

Lo único que cambió fue el color de la camisa.

Eso no es incongruencia.

Es…

política moderna.

O eso nos quieren vender.

EN LOS PUEBLOS DEL RINCÓN NOS CONOCEMOS

Y ese es el pequeño detalle que algunos olvidan.

Aquí no somos una ciudad donde nadie sabe quién es quién.

En San Francisco, Purísima y Manuel Doblado nos encontramos en la plaza, en las colonias, en los eventos, en los cafés, en los negocios y hasta en esas reuniones donde todos aseguran que “no están hablando de política” mientras llevan hora y media repartiendo candidaturas.

Aquí se sabe quién estuvo con quién.

Quién se fue.

Quién llegó.

Quién dejó de saludar.

Quién cambió de grupo.

Y, sobre todo, quién empezó a defender una nueva ideología justo después de quedarse sin candidatura.

Aquí la memoria política es larga.

Y HAY OTRO DETALLE

No todos los chapulines llegan con una gran trayectoria detrás.

Algunos ni siquiera han terminado de demostrar qué hicieron con el cargo que ya tuvieron y ya están buscando el siguiente.

Mucho discurso.

Mucha fotografía.

Mucho comunicado.

Y cuando llega la hora de presumir resultados…

silencio casi de muerte.

Pero eso sí: para la próxima elección siempre aparece una nueva versión del personaje.

Nuevo proyecto.

Nueva camiseta.

Nueva oportunidad.

Mismo protagonista.

¿Y LA LEALTAD A LA GENTE?

Esta es la pregunta que importa.

Un político puede cambiar de partido.

Pero cuando ocupa un cargo, hay ciudadanos detrás.

Por eso, si alguien modifica radicalmente sus ideas dependiendo de dónde esté la candidatura, resulta razonable preguntar:

¿qué tan firmes eran esas ideas desde el principio?

Porque los partidos pueden cambiar de colores.

Los grupos pueden romperse.

Las alianzas pueden desaparecer.

Pero la palabra debería valer algo.

De lo contrario, los principios terminan durando exactamente lo que dura una negociación.

EL CHAPULÍN EXISTE PORQUE ALGUIEN LO PREMIA

Y aquí está la parte que incomoda.

Los partidos no solamente toleran este fenómeno.

Muchas veces lo fomentan.

Porque cuando conviene ganar, la congruencia pasa a segundo plano.

Aparece entonces el famoso:

“Sumamos a todos”.

No importa de dónde vienen.

No importa qué dijeron ayer.

No importa qué criticaron durante años.

Si pueden ayudar a ganar…

¡bienvenidos!

Después ya habrá tiempo de explicar la contradicción.

PERO LA BOLETA TAMBIÉN TIENE MEMORIA

Al final, brincar de partido es fácil.

Lo difícil es construir una trayectoria que sobreviva a los cambios de camiseta.

Porque la ciudadanía no solamente puede preguntar:

“¿De qué partido eres?”

También puede preguntar:

“¿Qué hiciste cuando tuviste la oportunidad?”

Y esa pregunta puede ser bastante incómoda.

Así que a los chapulines de nuestros Pueblos del Rincón les podemos decir:

Brinquen si quieren.

La política es libre.

Las puertas están abiertas y las camisetas también.

Pero no olviden algo:

aquí nos conocemos.

Y cuando llegue el momento de votar, quizá no importe cuántas veces cambiaste de color.

Importará algo mucho más sencillo:

qué dejaste cuando estuviste en el cargo y qué puedes ofrecer cuando ya no haya una candidatura de por medio.

Porque en política, como en nuestros talleres de sombrero:

cambiar de sombrero es fácil.

Lo difícil…

es que te quede bien.

Autor: La Voz,

(Todos los comentarios y opiniones realizados en esta columna son exclusivamente responsabilidad del autor, en nada representan el sentir de Nontium Metropolitano ni de la empresa)

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